Un reciente estudio reveló que el 42 % de la población española ha consumido alguna benzodiacepina, una cifra preocupante debido al riesgo de dependencia y a las dificultades para interrumpir su uso cuando se emplean por largos periodos.
En España, un porcentaje muy significativo de ciudadanos recurre a las benzodiacepinas como respuesta a trastornos de ansiedad, insomnio o tensión emocional.
Según datos recientemente divulgados, el 42 % de la población ha tomado al menos una vez uno de estos fármacos psicotrópicos, que cuentan entre sus virtudes con una eficacia rápida para aliviar síntomas, pero también con la capacidad de generar dependencia cuando se usan sin seguimiento profesional y durante tiempo prolongado.
La principal alerta de los especialistas se centra en el hecho de que una parte de los pacientes que las emplean descubre que les resulta extremadamente complicado abandonarlas: el fármaco alivia, lo que refuerza la adherencia inconsciente, y al reducir la dosis o suspenderlo aparece el síndrome de abstinencia.
Narcís Cardoner, jefe de Psiquiatría del Hospital de Sant Pau en Barcelona, insiste en que las benzodiacepinas deben reservarse como tratamientos de corta duración por ejemplo, no más de ocho semanas en circunstancias estándar, pues su uso prolongado puede derivar en tolerancia, dependencia psicológica y física, y afectar la memoria o el rendimiento cognitivo.
Además, los expertos advierten que el perfil más habitual del consumidor de estos fármacos corresponde a mujeres de entre 40 y 65 años, lo que sugiere una dimensión de género en la incidencia de trastornos emocionales como ansiedad o depresión.
Aunque su uso bajo control médico no representa un riesgo inmediato, la preocupación crece ante la tendencia a cronificar el tratamiento y a que pacientes prolonguen su consumo más allá del tiempo recomendable.
Frente a esta realidad, desde asociaciones y servicios de salud mental se reivindica un enfoque preventivo: entrenar a los profesionales sanitarios para diagnosticar alternativas terapéuticas (como la psicoterapia no farmacológica), optimizar la educación al paciente sobre riesgos y beneficios del tratamiento, y promover protocolos de deshabituación controlada.
Solo con un marco regulado y consciente será posible reducir la dependencia silenciosa que afecta a tantos ciudadanos.
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