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Los ejércitos incorporan sistemas capaces de recopilar información, operar drones en entornos con interferencias y desarrollar nuevas formas de espionaje, mientras crece la preocupación internacional por la pérdida de control humano sobre las armas.
La guerra está entrando en una nueva etapa en la que la tecnología desempeña un papel cada vez más importante. Los drones equipados con inteligencia artificial, los ciberataques, los sistemas de vigilancia automatizados y hasta los insectos convertidos en dispositivos de reconocimiento forman parte de una transformación que está cambiando la manera de obtener información y actuar en el campo de batalla.
Estas innovaciones no pertenecen todas al mismo nivel de desarrollo. Algunas tecnologías ya se están utilizando o probando en escenarios militares, mientras que otras continúan en fase experimental. Sin embargo, todas reflejan una tendencia: los ejércitos buscan sistemas más pequeños, difíciles de detectar y capaces de funcionar incluso cuando las comunicaciones tradicionales dejan de estar disponibles.
El conflicto de Ucrania se ha convertido en uno de los escenarios en los que esta evolución resulta más visible. La combinación de drones, guerra electrónica y herramientas informáticas está obligando a los contendientes a adaptar sus estrategias a un entorno en el que la superioridad tecnológica puede resultar decisiva.
Al mismo tiempo, organismos internacionales como Naciones Unidas y el Comité Internacional de la Cruz Roja alertan sobre los riesgos de reducir el control humano en el uso de la fuerza y reclaman normas más claras para regular las armas autónomas.
Cucarachas convertidas en dispositivos de espionaje
Una de las tecnologías más llamativas es la utilización de insectos equipados con pequeños dispositivos electrónicos. En lugar de fabricar un robot diminuto, los investigadores aprovechan el movimiento natural del animal y le incorporan una mochila tecnológica que puede incluir sensores y equipos para recopilar información.
El coronel retirado y asesor de seguridad Emilio Rico explicó a Informativos Telecinco que estos animales pueden desplazarse sin el ruido de un motor y aprovechar su propia capacidad de movimiento para acceder a lugares estrechos o difíciles de alcanzar para una persona.
La ventaja potencial es que pueden introducirse en espacios donde un dron convencional tendría dificultades para operar. Equipados con cámaras, micrófonos u otros sensores, podrían servir para tareas de reconocimiento y vigilancia en entornos interiores.
Según la información difundida por Telecinco, el Ejército alemán está probando insectos cíborg para misiones de reconocimiento. Estos sistemas permiten intervenir sobre el movimiento del animal mediante los dispositivos electrónicos incorporados.
La tecnología plantea posibilidades para obtener información en espacios reducidos, pero también abre interrogantes sobre su fiabilidad, autonomía, alcance y capacidad real para operar en condiciones militares. No debe confundirse una prueba tecnológica con un sistema que ya esté desplegado de forma generalizada en operaciones de combate.
Su desarrollo ilustra, en cualquier caso, una tendencia creciente: utilizar soluciones que resulten difíciles de detectar y que puedan recoger información sin recurrir a equipos voluminosos.
Los drones con inteligencia artificial ganan protagonismo en Ucrania
Los drones se han convertido en una de las herramientas más relevantes de los conflictos recientes. Su coste, versatilidad y capacidad para realizar misiones a distancia han transformado tanto la vigilancia como el reconocimiento y los ataques contra objetivos militares.
La incorporación de inteligencia artificial amplía sus posibilidades. Estos sistemas pueden procesar imágenes, reconocer patrones y ayudar a mantener una trayectoria cuando las condiciones de comunicación se complican.
En Ucrania, según la información de Telecinco, se están introduciendo sistemas que permiten a determinados drones completar la fase final de su vuelo hacia un objetivo previamente fijado, incluso cuando las interferencias electrónicas interrumpen la comunicación con el operador.
Esta capacidad es especialmente importante en un entorno en el que ambos bandos utilizan equipos de guerra electrónica para bloquear señales, interferir comunicaciones y dificultar el funcionamiento de los dispositivos enemigos.
La autonomía puede permitir que un dron continúe ejecutando determinadas funciones sin recibir instrucciones constantes. Sin embargo, las capacidades varían según el modelo y el sistema utilizado. No todos los drones disponen de inteligencia artificial ni todos pueden identificar y atacar objetivos de forma autónoma.
La distinción es fundamental: una herramienta que ayuda a mantener la navegación o reconoce imágenes no equivale necesariamente a un arma capaz de seleccionar por sí misma a quién atacar.
Aun así, la posibilidad de reducir la dependencia de las comunicaciones supone un cambio relevante en el campo de batalla. También aumenta la preocupación sobre cómo garantizar que las decisiones relacionadas con el uso de la fuerza continúen sometidas a controles adecuados.
Malware para impedir que el enemigo copie la tecnología
La guerra tecnológica no se desarrolla únicamente en el aire o sobre el terreno. También tiene lugar dentro de los sistemas informáticos que controlan los equipos militares.
Entre las técnicas descritas por Telecinco figura el uso de programas maliciosos incorporados a determinados drones para impedir que el adversario pueda aprovecharlos si consigue recuperarlos.
El objetivo de este tipo de mecanismo es dificultar que el enemigo copie el software o extraiga información tecnológica de un dispositivo capturado. En determinadas circunstancias, el programa puede intentar interferir con otro equipo al que se conecte el dispositivo recuperado.
Esta clase de medidas se relaciona con una dimensión cada vez más importante de los conflictos: proteger los sistemas digitales, evitar que la tecnología propia caiga en manos del adversario y dificultar que este reproduzca sus capacidades.
La ciberseguridad se ha convertido así en una parte esencial de la defensa militar. Un equipo puede conservar su estructura física y, sin embargo, perder gran parte de su utilidad si el software ha sido comprometido o si sus datos dejan de ser accesibles.
El desarrollo de estas técnicas también evidencia que la captura de material militar ya no consiste únicamente en apoderarse de un vehículo, un dron o un sistema de comunicaciones. La información que contienen y los programas que utilizan pueden tener un valor estratégico comparable al del propio dispositivo.
La inteligencia artificial también acelera el análisis de información
Más allá de las armas, la inteligencia artificial puede ayudar a procesar grandes cantidades de información procedente de satélites, cámaras, sensores y sistemas de vigilancia.
Los analistas militares deben estudiar imágenes, movimientos, comunicaciones y otros datos para comprender lo que sucede sobre el terreno. Las herramientas automatizadas pueden ayudar a detectar patrones, comparar información y señalar posibles cambios que requieran atención humana.
La ventaja potencial está en la velocidad de procesamiento. Una herramienta informática puede examinar grandes volúmenes de datos en menos tiempo que un equipo humano, aunque sus resultados dependen de la calidad de la información y de las limitaciones del sistema.
La automatización también entraña riesgos. Un algoritmo puede interpretar incorrectamente una imagen, reproducir sesgos presentes en sus datos o señalar como relevante una actividad que no tiene el significado que se le atribuye.
Por eso, el uso militar de la inteligencia artificial no elimina la necesidad de supervisión. Al contrario, cuanto más importantes sean las decisiones que dependen de sus resultados, mayor será la necesidad de comprobar la información y mantener mecanismos de responsabilidad.
Naciones Unidas alerta sobre los riesgos de las armas autónomas
La expansión de estas tecnologías ha intensificado el debate internacional sobre los límites que deben aplicarse a las armas autónomas.
En agosto de 2026, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, y la presidenta del Comité Internacional de la Cruz Roja, Mirjana Spoljaric, reclamaron nuevas normas internacionales para regular estos sistemas.
Ambos advirtieron de que el desarrollo tecnológico avanza con rapidez y puede reducir el control humano sobre el uso de la fuerza. Su llamamiento pide avanzar hacia un instrumento jurídicamente vinculante que establezca prohibiciones y restricciones claras.
La preocupación no se limita a la posibilidad de que una máquina funcione sin recibir instrucciones constantes. También afecta a la responsabilidad por los errores, la protección de los civiles y la capacidad de determinar quién responde cuando un sistema automatizado provoca daños contrarios al derecho internacional.
El debate gira en torno a una cuestión central: qué decisiones pueden delegarse en un sistema informático y cuáles deben permanecer bajo control humano efectivo.
La inteligencia artificial puede apoyar el análisis y mejorar ciertas capacidades defensivas, pero el hecho de que una tecnología sea capaz de identificar patrones o seguir instrucciones no garantiza que pueda interpretar correctamente todas las circunstancias de un conflicto.
En situaciones en las que están en juego vidas humanas, los errores de identificación o las decisiones basadas en información incompleta pueden tener consecuencias irreversibles.
Una carrera tecnológica que plantea nuevos desafíos
La incorporación de inteligencia artificial, drones y sistemas de vigilancia está modificando las necesidades de los ejércitos. La capacidad de detectar al adversario, proteger las comunicaciones y adaptarse a las interferencias electrónicas se ha convertido en un elemento importante de la estrategia militar.
Pero esta transformación también genera nuevos problemas. Las tecnologías pueden difundirse con rapidez, los sistemas pueden ser vulnerables a ataques informáticos y la creciente automatización puede dificultar la atribución de responsabilidades.
Además, el uso de dispositivos pequeños y difíciles de detectar plantea desafíos para la protección de instalaciones, la seguridad de las comunicaciones y la identificación de amenazas.
La carrera tecnológica no depende únicamente de desarrollar equipos más avanzados. También exige establecer procedimientos de supervisión, comprobar la fiabilidad de los sistemas y definir límites legales claros.
La experiencia de los conflictos actuales demuestra que la innovación militar no se reduce a fabricar armas más potentes. Incluye también encontrar nuevas formas de obtener información, interferir en los sistemas del adversario y operar en condiciones en las que las comunicaciones pueden fallar.
La guerra del futuro, por tanto, no estará determinada exclusivamente por el número de soldados o vehículos desplegados. La tecnología tendrá un peso creciente, pero su eficacia real dependerá de cómo se integre en las operaciones, de sus limitaciones y de las decisiones humanas que sigan guiando su utilización.
La expansión de estas herramientas plantea una pregunta que va más allá de la capacidad militar: cómo aprovechar los avances tecnológicos sin permitir que la automatización debilite la responsabilidad humana ni las normas destinadas a proteger a la población civil.